Cita semanal: Vicent Van Gogh

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“Pero siempre he pensado que la mejor forma de conocer a Dios es amando muchas cosas”

 Vicent Van Gogh

 Entonces, ¿conocemos realmente a Dios?

 

 

Vincent Willem van Gogh  nació en los  Países Bajos el 30 de marzo de 1853  y murió en Francia en 1890,  fue un pintor neerlandés.

A pesar que desde muy joven ya tuvo inclinación hacia el dibujo, su primer trabajo fue en una galería de arte;  más tarde se convirtió en pastor, al igual que su austero y humilde  padre quien era un pastor protestante neerlandés llamado Theodorus.  Y en 1879 se marchó como misionero a una región minera de Bélgica, donde comenzó a dibujar a la gente de la comunidad local.

 La calidad de su obra sólo fue reconocida después de su muerte considerándose uno de los grandes maestros de la pintura. Tuvo una gran influencia en el arte del siglo XX.  Sufrió frecuentes brotes de una enfermedad mental a lo largo de su vida, que le llevó a producirse una herida de bala que acabó con su vida a la edad de 37 años.

Desde muy joven mostró un carácter muy difícil, además de un temperamento muy fuerte. Sobre su infancia, Vincent van Gogh comentó: «Mi juventud fue triste, fría y estéril.»

Después fue trasladado a Londres para suministrar unas obras de arte a los comercios del lugar, allí  se enamoró de ella, pero la chica estaba comprometida y lo rechazó. Después de ese acontecimiento vivió aislado, leyendo libros religiosos y perdiendo el interés por su trabajo. Tras el fracaso amoroso y los múltiples fracasos laborales, Van Gogh decide dejar el negocio del arte y se refugia en  su fanatismo religioso que aumento en gran medida. Le entusiasmaba la lectura de la Biblia, y La imitación de Cristo de Tomás de Kempis.

En mayo de 1877 se trasladó a Ámsterdam donde quiso hacerse teólogo. Fue rechazado por no saber ni latín ni griego y su falta de facilidad para hablar en público, aunque realmente el motivo era su falta de subordinación. Cada vez le era más difícil adaptarse a un cierto orden y someterse a alguien que le dirigiese.

Un dirigente se compadeció de él por su profundo fervor y lo mandó  como misionero a la región de Mons a una minas donde realizó durante 22 meses un trabajo evangelizador entre los mineros de la zona; pero con su fanatismo, lo que conseguía era que le llegaran a temer. Además vivía bajo condiciones paupérrimas y repartía entre los pobres lo poco que tenía. Decía que estaba obligado a creer en Dios para poder soportar tantas desgracias. Cuando sus superiores se enteraron de todo lo que sucedía le enviaron a Cuesmes, permaneciendo un año completo en una absoluta pobreza y en contacto con los mineros, por los que sentía una gran simpatía: «Los carboneros y los tejedores siguen constituyendo una raza aparte de los demás trabajadores y artesanos y siento por ellos una gran simpatía y me sentiría feliz si un día pudiera dibujarlos, de modo que estos tipos todavía inéditos o casi inéditos fuesen sacados a luz.(…)». Después se le suprimió el pequeño sueldo que recibía. Ante todo esto, siguió los consejos de su hermano Theo, del que ya estaba recibiendo ayuda económica, y decidió dar un cambio a su vida y dedicarse a la pintura.

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